Las criadas que vigilaban los ayunos de sus amos no siempre iban directamente al tribunal. A veces iban antes a confesarse.
Una de ellas lo explicó así: lo que había visto en la casa «lo comunicó avrá un mes con el Padre Francisco Doms, su Confessor, que dixo diría al Santo Oficio». Del confesionario al tribunal no había más que un paso.
El espía Rafael Cortés de Alfonso tenía su propio confidente: el doctor Joseph Sancho, presbítero beneficiado de la Catedral. Fue él quien, tras la muerte del espía, declaró ante los inquisidores. Juró «in verbo sacerdotis, poniendo la mano en el pecho», como juraban los sacerdotes, y contó que, «por tener mucha amistad» con él, lo exhortaba y aconsejaba cuando estaban a solas.
Para los chuetas, que se confesaban como cualquier católico de Palma, el sacramento era una obligación. Para el tribunal, era una vía más por la que llegaba información.



