En la calle del Sagell se repetían los mismos apellidos, y casi los mismos nombres de pila: Rafael, Gabriel, Onofre, Isabel, Margarita. Para saber de quién se hablaba hacía falta otra cosa. Esa otra cosa era el apodo.
Los expedientes están llenos de ellos. Pere Onofre Cortès era «Moixina». Gabriel Cortés era «Pota». Gabriel Joseph Cortés, «el Consul». Jayme Cortés de Agustín, «el Esquerra», el zurdo. Bartolomé Tarongí, «el Conde». Baltasar Joaquín Martí, «el Hereu». Y aparecen también «Vila», «Filoa», «Moyanes» y «Moyanet», «la Borras», «Bendita», «Porro», «Xocente», «Felós», «el Seren», «Verdera», «Calenos», «Berder». Al espía Rafael Cortés de Alfonso lo llamaban «cauaya loca».
Los nombres pasan de un expediente a otro, y cada uno arrastra una historia. Y la reputación de cada cual no la fijaba el tribunal, sino la propia calle: los testigos hablan de personas «tenidas y reputadas comúnmente en la calle del Sayell».
Si en tu familia se conserva un apodo antiguo, puede ser la pista más útil que tengas. A veces un mote lleva más lejos que un apellido.



