La huida en barco de marzo de 1688 es la más conocida, pero no fue la única. Los expedientes recogen otras, más pequeñas y más silenciosas.
En los papeles del espía se cuenta la de un muchacho que «se fue por tierra con tan poco sustento, y alló un arriero y se puso con él; el muchacho, como no es de trabajo, no le estuvo bien, y pasó adentro, ¡y está en Francia! Dios le ha guardado, que ha llegado a salvamento sin tener dinero». Quien lo contaba lo hacía con admiración.
Otros pensaban en Flandes. Un acusado tenía intención de ir allí a cobrar más de seis mil libras, y había escrito a «otros Mercaderes Judíos» para que le remitieran el dinero. Otro, preguntado por qué creía estar preso, dijo que por haber intentado embarcarse a Flandes, y negó que fuera una fuga.
Y había quien solo podía esperar. Un chico de catorce años decidió que se iría a buscar a sus hermanos para ser judío, pero, «porque era muy muchacho», le pareció mejor esperar a ser mayor. No sabemos si llegó a irse.



