Moixina no era un erudito, pero tenía argumentos. A los que se desanimaban les decía: «No os espantéis, que esta ley passará: ¿queréis ver? que la ley del Dios Apolo duró mil y ochocientos años, y esta no ha más de mil y seiscientos y ochenta y siete, que ya passará».
El número delata la fecha: hablaba en 1687. Para él, el cristianismo era una religión más con su tiempo contado, como lo había sido la de los dioses antiguos.
Para desmontar los milagros de los sacerdotes contaba una historia antigua: la del caballero que sobornó a los servidores de un templo para hacerse pasar por un dios ante una dama. Es un relato que aparece en las Antigüedades de Flavio Josefo. Por algún camino había llegado a una tienda de aceite de la calle del Sagell.
Tenía también su propia lectura de los hechos. Dos vecinos reconciliados, Miguel Cortés «Calenos» y Juan Bautista Martí «Berder», habían perdido el juicio. Moixina creía que el Dios de Israel los había castigado por abandonar la ley de Moisés. El tribunal veía la mano de Dios en un sentido, y él en el contrario.



