Un testigo describió lo que veía cada mañana: Gabriel Cortés, «muy de mañana, se ponía en cierta ventana de su casa, y estando en pie leía en un libro pequeño», y levantaba los ojos al cielo, «lo qual durava por espacio de una hora».
Es muy probablemente la oración de la mañana de la tradición judía, la que se reza de pie, al empezar el día, con un libro de oraciones pequeño en la mano. Pero el testigo no sabía nada de eso. Solo vio a un hombre que rezaba de una manera que no era la de la iglesia.
Lo más llamativo es el lugar. En una comunidad que se escondía de las criadas, de los vecinos y de los espías, este hombre elegía la ventana: buscaba la luz del día y miraba al cielo, a la vista de la calle.
No sabemos por qué se arriesgaba así. Quizá era la única hora del día en que la casa estaba en silencio, o quizá ya no quería esconderse más.



