En 1679 Moixina fue reconciliado por primera vez. La reconciliación no era un perdón limpio: durante un tiempo, el reconciliado tenía que llevar en público el hábito penitencial, el sambenito, para que todo el mundo supiera lo que había sido.
Moixina contó en su segundo proceso un momento de aquellos años. Un día, cuando llevaba el hábito, estaba solo en el muelle de la ciudad, «se afligía entre sí, pidiendo misericordia a Dios».
No dice a qué Dios. El tribunal lo entendió como lo que era: un hombre que, aun reconciliado, seguía rezando al Dios de Israel. Para la Inquisición, esa escena era una prueba más de que su conversión había sido fingida.
Para nosotros es otra cosa: un hombre señalado, frente al mar por el que, años después, intentaría escapar su comunidad. Moixina no subió a aquel barco. Lo detuvieron un mes antes.



