En 1691, el mismo año de las hogueras, el tribunal de la Inquisición de Mallorca mantenía otro pleito: con el Virrey y la Real Audiencia, por una presa. Se llamaba Catalina Font, la apodaban «la Comendadora», y la acusaban de hechicería. Las dos justicias la reclamaban.
En la cárcel real, sus compañeras le tenían miedo. Un día, la Comendadora les dijo que no quería estar enojada con ellas y les dio una manzana a cada una «para hazer paz». «Y nosotras no la quisimos». Una de ellas, aterrada, tiró por la ventana los clavos que tenía en su aposento, para que no pudieran usarse contra ella.
Los clavos tenían su razón de ser. Según los testigos, para matar a alguien bastaba con clavar un clavo en la raíz de un árbol: cuando el hierro llegaba al corazón del árbol, morían a la vez el árbol y el hombre.
En 1694 volvió a estar presa. A medianoche se desnudaba y se tendía en el suelo, y no había forma de despertarla. Sus compañeras le quemaron un pie con el candil, y ni siquiera así se movió. La Mallorca de 1691 no era solo la de los conversos: también tenía sus brujas, sus pleitos de jurisdicción y sus miedos.



