Los expedientes recogen también cómo se lloraba a los muertos. Moixina y un pariente cercano no comieron carne el día de una muerte en la familia, porque, como él explicó, «los Judíos no comían carne en el día que se les moría algún hijo, o pariente, ni en algunos días después».
Catalina Valls murió hacia la Cuaresma. Se hizo un ayuno por ella según la ley de Moisés. Y su hija, Úrsula Forteza, doncella, llevaba un año guardando esa ley «después que su madre es muerta». No la recibió en la cuna. Empezó a creer junto a la tumba de su madre.
Otro testigo recordaba cómo le había llegado a él. Vivió veintidós meses en Barcelona con su abuelo y su hermano Joanot Cortés. Un jueves, el abuelo les dijo que ayunaran «no comiendo en todo el día hasta la noche», y les encargó mucho que no se lo dijeran a nadie.
La fe se transmitía en los momentos de pérdida y en voz baja, de abuelos a nietos, y no solo en Mallorca.



