En la calle del Sagell casi todas las casas tenían una criada, y casi todas las criadas eran cristianas viejas. El peligro dormía en la cocina.
Una de ellas declaró sobre su ama, Ana Sureda: los días de ayuno se sentaba a la mesa como si nada, pero «esta ha tenido cuydado y ha visto que no ha comido cosa alguna». Ayunaba veinticuatro horas, contó, aunque estaba criando a una niña y quizá esperaba otra criatura. «Con tanta fortaleza», añadió.
Otra había servido cinco años en casa de Moixina y de su primera mujer, Margarita Martí. Su resumen ocupa dos palabras: «inviolable observancia». Nunca la dejaron matar un pollo ni una gallina: los amos lo hacían ellos mismos, a escondidas, o lo mandaban fuera. Era el degüello ritual judío, visto por quien no debía verlo.
Y las criadas hablaban entre ellas. Polonia, sirvienta de una casa vecina, sabía que cuando sus amos decían que habían «comido fuera» era mentira, «y solo lo dizen por dissimular».
Una red de vigilancia doméstica, puerta con puerta, que funcionaba sin que el tribunal tuviera que organizarla. Le bastaba con escuchar.



