Relato 42 · Siglo XVIIArchivo · AHN

Una defensa a ciegas

Ante la Inquisición, el acusado nunca sabía quién declaraba contra él. El abogado de Rafael Joaquín Valls lo dejó por escrito: no podía impugnar a testigos que no conocía.

Un anciano escribe a la luz de una vela rodeado de legajos
Ilustración imaginada, creada a partir de las fuentes. No es un retrato real.

En un proceso de la Inquisición, al acusado se le leían las declaraciones en su contra, pero nunca los nombres de quienes las habían hecho. Era la regla del secreto, y tenía una consecuencia evidente: no había forma de demostrar que un testigo mentía, que era un enemigo o que se había equivocado de persona.

El abogado de Rafael Joaquín Valls, el hijo mayor del hombre que ardió en 1691, lo dejó escrito en su alegato: «por ignorar el reo los testigos, sus nombres y calidades, no puede alegar y oponer los defectos y tachas que es verisímil padecían». Los impugnaba «genéricamente, a cautela», y confiaba en que «la piadosa integridad de V.S. supliría lo que su Defensa no alcanço por falta de Noticias».

La defensa quedaba reducida a una súplica.

Y los abogados tampoco eran del todo ajenos al tribunal. Juan Bautista Danús y Bernardino Bauçà defendieron a varias de las acusadas de aquellos años, Quiteria Martí y Violante Martí entre ellas, y firmaron como consultores el voto de muerte de Moixina.

«…por ignorar el reo los testigos, sus nombres y calidades, no puede alegar y oponer los defectos y tachas…»Manuscrito original, con la ortografía de la época
FuenteAHN, Inquisición, leg. 1715, exp. 5, imagen PARES 290; leg. 1705, exp. 15 (p. 700 del PDF).

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