En casa de Margarita Martí, viuda de un Tarongí, se tomó la decisión. Rafael Valls, el hombre al que la comunidad escuchaba en materia de fe, les aseguró que Dios mandaría un ángel para protegerlos, como a los tres jóvenes del horno de Babilonia. Él mismo se encargó del barco: un navío inglés que debía sacarlos de los dominios del rey de España para vivir la ley de Moisés en libertad.
Rafael Agustín Pomar, que estaba allí, lo contó después ante el tribunal. Salieron de casa entre las nueve y las diez de la noche: Melchor Forteza y su mujer, una viuda con sus hijos, Miguel y Guillermo Tarongí con sus mujeres, la mujer del propio Pomar. Algunas esposas, dijo, iban «engañadas», sin compartir la fe de sus maridos.
Pero llovió tanto que el barco no pudo hacerse a la vela. Temiendo que el amanecer los descubriera, volvieron a casa a oscuras, convencidos de que nadie los había visto.
Se equivocaban. Entre las once y las doce, el guardián despertó a los inquisidores: las familias reconciliadas en 1679 se habían «echado al agua» y la vecindad estaba alborotada. Encontraron las casas vacías. Mandaron registrar el muelle, las calas y las puertas de la ciudad, y pidieron ayuda al virrey. En pocos días, la calle entera estaba presa. De aquella noche de lluvia salieron las hogueras de 1691.



