Gabriel Cortés tenía once años. Su padre, Rafael Crespín Cortés, platero, lo mandaba a menudo a comprar aceite a casa de Pere Onofre Cortès, «Moixina», que lo vendía en su tienda de la calle del Sagell.
Un día Moixina le preguntó al niño qué había comido su padre. Langosta, contestó. La langosta, como todo marisco, está prohibida por la ley judía. Moixina fue a ver al padre y se lo reprochó: «¿cómo has comido langosta, no sabes que está prohibido por la ley de Moysés?».
El padre respondió que desde su estancia en Toledo estaba convencido de que la ley de Cristo era la verdadera. Y entonces, según contó él mismo después, Moixina «se alteró mucho», le cambió el color de la cara y se le notó el arrepentimiento de haberse descubierto. «Y después mudaron de conversación».
El padre lo declaró. Y en octubre de 1687 el tribunal quiso oír también al niño, pero sin llamar la atención: «por no causar nota», encargó al jesuita Sebastián Sabater que lo examinara en su aposento del colegio de Montesión, una tarde, con disimulo.
Un plato de marisco, la pregunta de un vecino y la memoria de un niño de once años. Con piezas así se construyó el proceso que llevó a Moixina a la hoguera.



