El Shabat empieza el viernes a la puesta de sol. En la Palma del siglo XVII nadie en la calle del Sagell tenía forma de mirar un calendario judío sin arriesgar la vida. Pero todos oían las campanas.
Una criada lo contó al tribunal con una precisión que hoy estremece: su ama «nunca haze labor las noches de los viernes, por forçoso que sea, sino que, en tocando las oraciones, dexa las haziendas». Las oraciones eran el toque del Ángelus. La iglesia marcaba, sin saberlo, el comienzo del día sagrado de los judíos.
El sábado, además, no se cocinaba. Lo que se iba a comer se guisaba el viernes, antes de ponerse el sol, «y esto es con tanta observancia que nunca lo quieren guisar, sino es que esté mala, y sea forçoso». La única excepción era la enfermedad, que es justo la excepción que contempla la ley judía.
Era una vida doble medida por el reloj del adversario: misa el domingo, Shabat el sábado, y las campanas de la parroquia como frontera entre ambos.



