Rafael Cortés de Alfonso era botiguero y había sido reconciliado por la Inquisición. Es decir, era uno de ellos. En diciembre de 1686, por encargo del jesuita Sebastián Sabater y por orden del inquisidor Nicolás Rodríguez Fermosino, empezó a escribir informes sobre sus vecinos. Los numeraba y los fechaba: «Papel 4º», «Papel 5».
El cuarto papel es una lección de método. Fue a casa de otro Rafael Cortés. Salió la mujer y dijo que su marido no estaba. Pero en la silla del final de la escalera vio «la capa y sombrero y valona». Vio a un hijo sentado a la mesa sin mantel, y a la madre apartando un poco de pan para el chico. La puerta estuvo cerrada todo el día. Conclusión del espía: «hazían ayuno».
No hacía falta ver a nadie rezar. Bastaba con lo que faltaba: un mantel, una comida, una puerta abierta.
El espía no vio el resultado de su trabajo. Cuando el tribunal recogió formalmente sus papeles, el 26 de septiembre de 1687, llevaba quince días muerto. Las detenciones empezaron cinco meses después.



