Compartir casa era peligroso. Quien viviera bajo el mismo techo vería qué se cocinaba el viernes, quién no comía en los días de ayuno y quién rezaba de madrugada.
Por eso un simple alquiler podía ser algo más. Un expediente recoge cómo se cerró uno: le dijeron al propietario que «bien podía alquilarle los quartos sin recelarse de ellos, y que ellos tampoco se recelarían de dicha persona… y que assí unos y otros podrían hazer qualquier cosa sin recelarse».
Detrás de la negociación de unos cuartos había un pacto entre observantes: nosotros no nos asustaremos de lo que veamos, y vosotros tampoco de lo nuestro.
Aquel pacto dejó constancia en un proceso de fe, como casi todo lo demás. En la calle del Sagell, hasta los contratos de vivienda podían acabar ante el tribunal.



