En la primera oleada, la de 1678 y 1679, las presas confesaron, pidieron misericordia y esperaron la reconciliación. Mientras esperaban, ocurrió algo que el tribunal descubriría después.
Estaban repartidas «en tres aposentos y una sala grande», con las puertas abiertas. Y allí, cuenta un expediente, «bolvieron a comunicarse diferentes vezes como observantes de dicha ley», alabándola y diciendo que era «mejor y más segura». Otro testimonio dice que se juntaban y se declaraban creyentes «por espacio de mucho tiempo, hasta que se reconciliaron».
La comunidad se volvió a tejer dentro de la propia cárcel, en los mismos meses en que representaba su conversión.
Diez años después, ese fue el cargo. A Isabel Bonnín, la mujer de Rafael Valls, se la acusó de que sus penitencias de 1679 habían sido «simuladas y fingidas», hechas «con ánimo e intención de engañar al Tribunal, por temor del castigo», guardando en su corazón la ley de Moisés, «en la qual querían vivir y morir». Eso la convertía en relapsa. Y la relapsa, en la Mallorca de 1691, podía acabar en la hoguera.



