Relato 38 · 1678–1679Archivo · AHN

La cárcel como sinagoga

En 1679, mientras esperaban la reconciliación, las presas chuetas de la Inquisición de Mallorca se reunían en la cárcel y se declaraban creyentes de la ley de Moisés. Eso las condenó años después.

Presos agotados en un patio de piedra
Ilustración imaginada, creada a partir de las fuentes. No es un retrato real.

En la primera oleada, la de 1678 y 1679, las presas confesaron, pidieron misericordia y esperaron la reconciliación. Mientras esperaban, ocurrió algo que el tribunal descubriría después.

Estaban repartidas «en tres aposentos y una sala grande», con las puertas abiertas. Y allí, cuenta un expediente, «bolvieron a comunicarse diferentes vezes como observantes de dicha ley», alabándola y diciendo que era «mejor y más segura». Otro testimonio dice que se juntaban y se declaraban creyentes «por espacio de mucho tiempo, hasta que se reconciliaron».

La comunidad se volvió a tejer dentro de la propia cárcel, en los mismos meses en que representaba su conversión.

Diez años después, ese fue el cargo. A Isabel Bonnín, la mujer de Rafael Valls, se la acusó de que sus penitencias de 1679 habían sido «simuladas y fingidas», hechas «con ánimo e intención de engañar al Tribunal, por temor del castigo», guardando en su corazón la ley de Moisés, «en la qual querían vivir y morir». Eso la convertía en relapsa. Y la relapsa, en la Mallorca de 1691, podía acabar en la hoguera.

«…bolvieron a comunicarse diferentes vezes como observantes de dicha ley…»Manuscrito original, con la ortografía de la época
FuenteAHN, Inquisición, leg. 1707, exp. 15, imagen PARES 391; leg. 1713, exp. 1, imágenes 400 y 540.

Un relato cada semana,
en tu correo.

Más relatos

40Archivo · AHN
Siglo XVII

Ayunar por los muertos

Cuando murió su madre, Catalina Valls, se ayunó por ella según la ley de Moisés. Y su hija Úrsula, doncella, empezó entonces a guardar esa ley.

42Archivo · AHN
Siglo XVII

Una defensa a ciegas

El abogado lo escribió sin rodeos: como su cliente no sabía quiénes eran los testigos, no podía alegar sus defectos. Solo le quedaba confiar en la «piadosa integridad» del juez.