Durante casi tres siglos, los chuetas se casaron entre ellos. Una parte se debe a que fuera de la calle nadie quería casarse con ellos. Otra parte era decisión propia, y los expedientes dejan ver sus reglas.
Una mujer explicó la suya ante el tribunal: había resuelto «no casarse con hombre alguno que no hubiesse sido reconciliado». Es decir, solo con alguien que hubiera pasado por el mismo proceso que ella, alguien de la comunidad y de confianza.
Pero dentro de la comunidad también había clases. Gabriel quería casarse con Margarita Martí, y su padre se negaba porque ella era «de oveja baxa, que entre los de la calle se entiende ser de menor calidad, según la estimación de las familias entre ellas». Discutieron, y la discusión terminó con el padre poniéndole las manos encima.
Ni siquiera una minoría perseguida se libraba de las jerarquías de linaje. Para quien rastrea hoy su árbol, estas reglas explican por qué los mismos quince apellidos se cruzan una y otra vez, generación tras generación.



