Cuando la Inquisición prendía a alguien, secuestraba también sus bienes: todo quedaba inventariado y embargado. Las familias de la calle del Sagell lo sabían desde 1678, y aprendieron a adelantarse.
Antes del secuestro de 1688, un pariente entregó trescientas libras en oro, plata y alhajas a otro pariente más joven para que las ocultara. Pasó lo peor y pasó el proceso. Tras la reconciliación, fue a recuperarlas. El depositario se negó a devolverlas.
No es la única historia de tesoros escondidos. Otro preso contó que Gabriel Cortés, «Pota», tenía «unos cordoncillos, y mucho oro, y plata», ocultos desde su primera prisión, y que ni su propia hermana lo sabía.
La persecución no solo enfrentaba a las familias con el tribunal. También abría grietas dentro de ellas, y ni siquiera entre las víctimas estaba seguro el dinero.



