Tras los autos de fe, los sambenitos de los condenados, con su nombre y apellido, se colgaron en el convento de Santo Domingo de Palma. No era un museo: era un aviso permanente.
Estuvieron allí, a la vista de todos, hasta mediados del siglo XIX.
Según la tradición, algunas familias que también aparecían en aquellas listas pagaron para que retiraran sus nombres. Los que quedaron colgados fueron los quince: Aguiló, Bonnín, Cortès, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola y Valls.
Así un juicio de 1691 se convirtió en una marca hereditaria. Doscientos años después, aquellos apellidos todavía decidían con quién podías casarte, a qué gremio podías entrar o si podías ser cura en Mallorca.
Hoy esos mismos apellidos son una pista para quien busca de dónde viene.



