En la Mallorca del siglo XVII, la matanza del cerdo no era solo una tarea de invierno. Era una declaración ante los vecinos: en esta casa se come cerdo, en esta casa se es cristiano. Para quien guardaba en secreto la ley de Moisés, era también la prueba más difícil.
Un día se mató cerdo en casa de Gabriel Joseph Cortés, al que llamaban «el Consul». Su mujer, Ana Cortés, se acercó a un pariente y, «aparte y en secreto», le dijo que «el Amo lo quería, y era menester tener paciencia».
Él lo entendió así, y así lo contó después al tribunal: que Ana era creyente de la ley de Moisés y que mataba el cerdo por miedo a su marido.
Es una frase de once palabras dicha en medio de la matanza, con las manos ocupadas y los vecinos cerca. Cabe en ella casi todo lo que fue la vida de muchas mujeres de la calle: obedecer por fuera, resistir por dentro y, a veces, confiárselo a alguien que acabaría repitiéndolo ante la Inquisición.



