Onofre Cortés de Agustín fue uno de los presos que más declaró en aquellos años. Y también uno de los que más se desdijo. En 1691 pidió audiencias voluntarias para revocar parte de lo que había confesado.
Su explicación ocupa unas pocas líneas y no necesita comentario. Le pesaba «la consideración y imaginativa, sin poderlo remediar consigo, muchas vezes, en que le auían de dar un tormento extraordinario y cargo rigurosísimo». Y así, dijo, había confesado todo lo que contenían las declaraciones de los testigos.
El tribunal ayudaba a ese miedo con una fórmula que repetía a cada preso, en cada fase, antes de leerle lo que decían contra él: confesar ahora, le decían, «le estaría muy bien, assí para el descargo de su conciencia como para el breve y buen despacho de su negocio».
No hacía falta llegar al tormento. Bastaba con que el preso lo imaginara. Muchas de las confesiones que llenan estos expedientes nacieron en esa imaginación.



