El tercer auto de fe, el 6 de mayo de 1691, entregó a la muerte a catorce personas en persona y a otras siete «en estatua o en sus huesos»: muertos o huidos a los que se quemó en efigie.
Seis de ellos eran hermanos Tarongí. Catalina, de unos 45 años, y el pequeño, Rafael Benet, de 21, se negaron a abjurar y ardieron vivos junto a Rafael Valls. Guillem Tomàs y Francesc Josep, que habían conseguido huir a Alejandría, fueron quemados en efigie. Isabel, casada con Agustí Cortès «Bruguea», y Margarita se arrepintieron: las agarrotaron y después quemaron sus cuerpos. Una sola familia reúne todas las formas de condena de aquel día.
Ese mismo día pasaba por Mallorca el marqués de Leganés. Pidió a los inquisidores que perdonaran a Isabel Aguiló. No se lo concedieron. Según Garau, ella fue a la muerte pidiendo a las mujeres que la rodeaban que rezaran por ella.
Catalina Tarongí se convirtió con el tiempo en el símbolo de la memoria chueta. Su nombre aparece hoy en los homenajes oficiales a las víctimas de 1691.



