El niño de la langosta
Gabriel Cortés tenía once años y su padre lo mandaba a comprar aceite a la tienda de Moixina. Un día, Moixina le preguntó qué había comido su padre.
Es el apellido más presente en los expedientes de 1691. Pere Onofre Cortès, «Moixina», maestro clandestino de la ley de Moisés, murió en el brasero del 1 de mayo; sus hijos Guillem y Joanot fueron procesados. Onofre Cortés de Agustín fue uno de los grandes delatores, y Rafael Cortés de Alfonso, el espía que escribía papeles numerados para el tribunal.
Gabriel Cortés tenía once años y su padre lo mandaba a comprar aceite a la tienda de Moixina. Un día, Moixina le preguntó qué había comido su padre.
Los días de ayuno, el ama se sentaba a la mesa y hacía como que comía. La criada la miraba y contaba los bocados que no daba.
La mujer dijo que su marido no estaba en casa. Pero en la silla del rellano estaban su capa y su sombrero. El espía lo apuntó en su «Papel 4º».
Moixina visitó varios días a un vecino moribundo y le habló del Dios de Israel. Probablemente no sabía que aquel hombre lo había denunciado.
Gabriel Cortés escribía cada semana a su mujer y a su hijo. Las cartas salían de la cárcel escondidas en la ropa que mandaban a lavar.
Moixina le escribió una carta a Margarita Ana Piña para pedirle matrimonio, argumentada con textos de la Biblia. La respuesta no tuvo nada que ver con la fe.
Guillem tenía catorce años y Joanot doce. Su padre les enseñó a adorar al Dios que creó el cielo y la tierra, y a no contárselo a nadie.
En junio de 1687 los plateros corrían toros en su calle por San Eloy. Onofre Cortés insistió dos o tres veces en invitar a Francisca Forteza a verlos.
Moixina y Bartolomé Cortés se dijeron que eran observantes paseando junto al mar, camino de Portopí. Allí no había paredes que escucharan.
Para el segundo auto se levantó un brasero entre el Lazareto y el castillo de Bellver. Encima, veinticinco palos, cada uno con una tablita para sentarse.
Eran hijos de Rafael José Tarongí y Francisca Tarongí. Seis salieron en el auto del 6 de mayo. Ninguno corrió la misma suerte.
Mientras mataban el cerdo en su casa, Ana Cortés se acercó a un pariente y le dijo en voz baja que «el Amo lo quería, y era menester tener paciencia».
Francisca Martí guisaba el viernes por la noche. Cuando le preguntaron para cuándo lo guardaba, contestó: para el sábado, «por no comer cosa guisada».
El miércoles o el jueves santo de 1687, alguien comentó delante de Violante Forteza que «sería aquel el día del ayuno de la Pascua de los judíos».
Onofre Cortés de Agustín confesó todo lo que le leían los testigos. Después explicó por qué: no podía quitarse de la cabeza el tormento que le iban a dar.
En la portada de su proceso, al margen, alguien escribió una palabra: «Menor». Joanot Cortés tenía menos de veinticinco años, la mayoría de edad de entonces.
El voto que condenó a muerte a Moixina tiene dirección exacta: Cámara del secreto, libro de Votos en definitiva, folio 264 vuelta. Al pie, la fe de erratas del copista.
La víspera de cada visita de los inquisidores, el alcaide avisaba a los presos para que escondieran bajo la ropa el tintero, las plumas, el papel y los libros.
En una calle donde medio vecindario se llamaba Cortés, Martí o Tarongí, el apodo era el verdadero nombre. Los expedientes conservan decenas.
Muy de mañana, Gabriel Cortés se ponía en una ventana de su casa, leía en un libro pequeño y levantaba los ojos al cielo. Así una hora entera.
«No os espantéis, que esta ley passará», decía Moixina. La de Apolo había durado mil ochocientos años, y la cristiana aún no llegaba a mil setecientos.
Un día, con el hábito de penitente puesto, Moixina estaba solo en el muelle de Palma. Se afligía, contó después, «pidiendo misericordia a Dios».
Antes de que llegara el embargo, un pariente entregó trescientas libras en oro, plata y joyas a otro más joven para esconderlas. Después no las recuperó nunca.
Gabriel quería casarse con Margarita Martí. Su padre se negó: era «de oveja baxa». Discutieron, y el padre llegó a ponerle las manos encima.
Cuando murió su madre, Catalina Valls, se ayunó por ella según la ley de Moisés. Y su hija Úrsula, doncella, empezó entonces a guardar esa ley.
Empieza por lo que tienes en casa: partidas de bautismo, de matrimonio y de defunción de padres, abuelos y bisabuelos, con sus segundos apellidos.
Con esos datos se puede buscar en los libros parroquiales de Palma, sobre todo Santa Eulàlia, la parroquia del antiguo Call, y en el Arxiu Diocesà de Mallorca.
Los procesos de la Inquisición de Mallorca están en el Archivo Histórico Nacional y muchos pueden consultarse digitalizados en el portal PARES.
Llevar el apellido no prueba la ascendencia; la prueba la da la cadena de documentos. Si nos cuentas tu caso, te orientamos.