El segundo auto de fe, el 1 de mayo de 1691, fue distinto. El tribunal entregó al brazo secular a veintiuna personas: iban a morir.
Se construyó un brasero de ochenta palmos de lado y ocho de alto en un descampado entre el Lazareto y la falda del castillo de Bellver. Encima, veinticinco palos, cada uno con su tablita. La tablita servía de asiento para el garrote: a quienes se arrepentían se les estrangulaba antes de encender el fuego. A quienes no, se les quemaba vivos.
El 28 de abril se notificó la sentencia a los condenados. A Pere Onofre Cortès, «Moixina», lo declararon relapso pertinaz y le pusieron mordaza hasta la lectura de la sentencia. Al final se arrepintió: garrote, y después fuego.
La comitiva recorrió unos dos mil pasos desde la ciudad y llegó entre las cuatro y las cinco de la tarde. Garau calcula más de treinta mil espectadores. Cuenta también que Francisca Forteza, como había prometido, dijo «Jesús» en la última vuelta del garrote.



