Las cárceles de la Inquisición se llamaban secretas por algo: el preso no sabía de qué se le acusaba ni quién lo acusaba, y su familia no sabía nada de él. Pero había grietas.
Gabriel Cortés escribía cada semana a su mujer, Juana Cortés, y a su hijo Francisco. Las cartas iban dentro de la ropa sucia que entregaba al alcaide, Jayme Mas, o a sus ayudantes, para que se la lavaran en casa. La familia leía las noticias del preso mientras lavaba su ropa.
El propio alcaide formaba parte del negocio. Varios presos le habían dado dinero para que hiciera llegar «villetes» a sus parientes pidiéndoles que suplicaran misericordia. Los precios que aparecen en los expedientes son enormes: ciento cincuenta pesos por una carta con respuesta, doscientos cincuenta reales de a ocho por llevar un recado y traer la contestación.
La desesperación tenía tarifa. Y el hombre que guardaba las llaves era también el cartero, el confidente y, según otros testimonios, el que avisaba a los presos de las inspecciones.



