Todo acusado prestaba juramento antes de responder. Era un trámite: se juraba por Dios y sobre una cruz.
El 9 de agosto de 1688, en la audiencia en la que se le leyó la acusación, Rafael Valls no lo hizo. El secretario lo anotó con exactitud: respondió «haviendo jurado por el Dios de Israel y ley de Moysés (no queriendo jurar por Dios, y una Cruz)». Delante de los inquisidores, sin rodeos, dijo lo que era.
Valls era el hombre al que la comunidad de la calle del Sagell acudía en materia de fe, el que había organizado el barco de la huida de marzo. Su mujer, Isabel Bonnín, y sus tres hijos fueron procesados con él. Los hijos salieron reconciliados en el primer auto de 1691; el mayor, Rafael Joaquín, con una soga al cuello, condenado a doscientos azotes y siete años de galeras.
El 6 de mayo de 1691 Rafael Valls fue uno de los tres que se negaron a abjurar hasta el final. Lo quemaron vivo. El cronista jesuita Francisco Garau, que escribió para celebrar aquellos autos, lo describe como un hombre obstinado que resistió todos los argumentos de los teólogos. Leído hoy, es el retrato de alguien que no cedió.



