Francisca Tarongí murió en las cárceles secretas. Según su expediente, era hermana de Catalina y Rafael Benet Tarongí, que ardieron vivos en 1691. La muerte no cerró su caso.
La Inquisición procesaba también a los difuntos. Se nombraba a alguien para defender su «memoria y fama», en su caso Juan Sureda; los testigos vivos ratificaban sus declaraciones contra ella, y el proceso seguía su curso con todas las formalidades.
La sentencia está en el expediente: «que la susodicha sea anathematizada, y damnada su memoria y fama, y que su cuerpo y huessos sean exhumados». Sus restos se desenterraron para quemarlos en el auto de fe, y sus bienes, como los de cualquier condenado, pasaron al fisco.
Hay un detalle más. Francisca no sabía escribir. Allí donde su proceso pedía su firma, se lee: «y por no saber escrivir lo firmó dicho Sr. Inquisidor». Le pasó lo mismo a Violante Martí y a otras. Entre las mujeres de estos expedientes no aparece ni una sola firma femenina: sus procesos los firmaron sus jueces.



