En el verano de 1687, Rafael Cortés de Alfonso se estaba muriendo. Era el hombre que, meses antes, había entregado a la Inquisición sus informes sobre la comunidad de la calle del Sagell.
Pere Onofre Cortès, «Moixina», fue a visitarlo «algunos días». Lo contó él mismo después, ante el tribunal. Estando los dos solos, le aconsejó que se mantuviera firme en creer en el Dios de Israel y en la ley que dio a Moisés, que confiara en que el Gran Dios de Israel le perdonaría sus pecados. Y que no hiciera caso de lo que le dijeran los religiosos y sacerdotes que vinieran a ayudarle a bien morir.
Es una de las escenas más difíciles de imaginar de todo el archivo: el maestro clandestino de la ley dando los últimos consuelos a su propio delator. Nada indica que Moixina supiera quién era aquel hombre. Al volver a casa se lo contó a su mujer, Juana Miró.
El espía murió hacia septiembre de 1687. Moixina fue detenido el 10 de febrero de 1688. Murió en el brasero del 1 de mayo de 1691: se arrepintió al final, y eso le valió el garrote antes del fuego.



