Las celdas de las cárceles secretas estaban pegadas unas a otras, y los presos aprendieron pronto a abrir pasos entre ellas. Por un «abuxero» en la pared pasaban noticias de fuera, consuelos, oraciones y consejos sobre qué decir y qué callar ante el tribunal.
Una mujer presa contó por uno de esos agujeros que tenía escondidas, en la ropa que llevaba puesta, cosas que valían más de trescientas libras. Le habían confiscado todos los bienes, la habían registrado al entrar, y aun así llevaba el patrimonio de la familia cosido a la ropa, delante de los carceleros.
El agujero era el último espacio libre de Mallorca para aquella gente. Pero tenía un defecto: al otro lado siempre había alguien que, tarde o temprano, sería interrogado. Muchas de las palabras dichas en voz baja entre dos celdas acabaron copiadas por un secretario, palabra por palabra, en las actas que hoy se pueden leer en el Archivo Histórico Nacional.



