Hacia 1681 murió Margarita Martí, la primera mujer de Pere Onofre Cortès, «Moixina». Él se quedó viudo, con varios hijos, en una comunidad que se casaba siempre dentro de sí misma, y dentro de ella, solo con quien compartía la fe escondida.
Se fijó en Margarita Ana Piña, hija de un hombre al que llamaban Capdebou. Y le escribió. No una carta cualquiera: le exponía su voluntad de casarse con ella por ser los dos observantes de la ley de Moisés, y lo argumentaba con razones y textos de la Sagrada Escritura, del Antiguo Testamento.
La respuesta llegó por medio de una intermediaria. Margarita Ana no quería casarse con él «por ser viudo y tener muchos hijos».
No fue por miedo a la Inquisición, ni por diferencias de fe. Fue por lo de siempre. Entre tantos expedientes de delaciones, cárceles y hogueras, este es quizá el momento más humano del archivo: el maestro de la ley clandestina, rechazado por las razones de cualquier época.
Moixina acabó casándose con Juana Miró. Todo esto lo sabemos porque él mismo lo contó, años después, a sus jueces.



