En la portada del proceso de Joanot Cortés, hijo de Moixina, hay una palabra al margen: «Menor». En la Castilla de entonces la mayoría de edad llegaba a los veinticinco años, y el tribunal tenía que nombrarle un curador que lo representara.
Lo nombró. Fue el doctor Rafael Calafat, que era a la vez su abogado defensor, y también el abogado de su padre. El único adulto que debía proteger al muchacho en la sala lo ponía el mismo tribunal que lo juzgaba.
La primera audiencia fue el 22 de marzo de 1688, la misma semana de la huida frustrada. Al ingresar en la celda número 19, el secretario lo registró y lo describió: «de mediana estatura, algo moreno y gruessos labios y nariz gruessa, ojos negros y cabellos también negros», vestido de bayeta negra, «calzones muy viejos… zapatos y sombrero negro, todo viejo». En su persona, anotó, «no se halló cosa alguna de las prohibidas».
Es el único retrato que conservamos de él, y lo hicieron sus carceleros. Joanot fue votado a la hoguera. La pena le fue conmutada. Su padre ardió en 1691.



