Jayme Mas era el alcaide de las cárceles secretas: el hombre de las llaves. Según los expedientes, era también muchas otras cosas.
Cuando sabía que los inquisidores iban a visitar la cárcel, iba el día antes a avisar a los presos para que escondieran «debaxo de la ropa dichos instrumentos, el tintero, papel y plumas, y los libros». Les daba todo el papel que necesitaban, y además «naypes, juego de tablas y damas». En las celdas del Santo Oficio se jugaba a las cartas.
También aceptaba depósitos. Antes de salir de la cárcel, algunos presos le entregaban ropa y objetos de valor «para que se la guardasse». Y en la calle del Sagell se decía «comúnmente» que en 1678, cuando prendieron a Violante Martí, el alcaide le había guardado «mucho oro y plata», y que se lo devolvió después de la reconciliación.
El funcionario encargado de custodiar a los presos de un tribunal que confiscaba sus bienes era, al mismo tiempo, quien los ponía a salvo de la confiscación. Cobrando, claro.



