En 1677, Moixina decidió que sus hijos ya tenían edad. Guillem tenía catorce años; Joanot, doce. Lo confesó él mismo: empezó a instruirlos en la ley de Moisés, «diziéndoles que adorassen a Dios, que avía criado el cielo y la tierra, y guardassen los mandamientos».
En la misma frase va la segunda lección: «y que no dijessen a persona alguna lo que veían hazer». Fe y secreto se enseñaban juntos, porque una sin el otro era una sentencia.
Llegó el ayuno mayor, el de Yom Kipur: veinticuatro horas sin comer ni beber. «El mayor ayunó, pero el menor no lo pudo hazer». Al terminar, los dos pidieron perdón a sus padres, como manda la tradición.
Guillem, en su propia declaración, añadió cómo se rompía el ayuno en aquella casa: su padre preparaba una lechuga y la comían con miel y vinagre.
Joanot, el niño que no aguantó el ayuno, fue votado a la hoguera trece años después. La pena le fue conmutada. Su padre ardió en 1691.



