En la calle del Sagell las paredes oían. Las criadas oían, los vecinos oían, y a veces el que escuchaba era un espía. Así que la fe se hablaba fuera.
Moixina y Bartolomé Cortés de Alfonso se declararon observantes de la ley de Moisés «quando fueron a passearse a orilla del mar, camino de Portopí». En el camino abierto, junto al agua, nadie podía estar detrás de una puerta.
Otro expediente cuenta algo todavía más revelador. Un hombre dio las gracias a otro por haber empezado a enseñar la ley de Moisés a un joven de su propia familia, y confesó que él no se había atrevido a hacerlo «por no fiarse». La instrucción, dice el documento, se había hecho «estando pescando», en una barca.
El terror había llegado a eso: un padre que no se fiaba de su propio hijo. Y aun así la fe pasó de una generación a otra, a la orilla del mar y en alta mar, durante siglos.



